lunes, 28 de julio de 2014

Paz.

Nada puede justificar la muerte, nadie puede colocar argumentos pretendidamente racionales para justificar la guerra, el hambre, y la masacre. Un cristiano está llamado a llevar hasta las últimas consecuencias el mensaje de paz que Jesús propone, un mensaje donde se propone un Reino que crece lento, pero seguro, y que hace mella de armas, flechas y lanzas, y las convierte en azadones, palas, hospitales y escuelas.

No faltará el que me acuse de pacifista empedernido. Pero es el Evangelio el que da las directrices, si lo vemos de esa manera. El Evangelio es una propuesta de paz, que no busca el vasallaje, ni la conquista; mucho menos "evangelizar" invadiendo, poniendo paradigmas. Evangelio es buena nueva para todos, y la buena produce la fiesta, la alegría, y la fraternidad llevada a los más altos conceptos.

No se trata de una paz idiota, es verdadera paz, en donde también se verifican conflictos duros, tremendos, que pueden llevar al quiebre. Somos humanos, no lo olvidemos. Pero Jesús nos propone una forma nueva de tratar estos haberes conflictivos, mediante su propia persona: hombre que dialoga y enseña, "con autoridad", pero con autoridad de amor, que no impone, sino que propone. Actitud de justicia, que no antepone la violencia, sino el amor creativo y rebelde.

El cristiano es hombre para la paz, lucha por ella, con las "armas" de la denuncia, del anuncio y el consuelo, con la acción como dimensión teológica. Se aboca en defender y promover a conversión en quienes hacen del odio y la muerte una forma de vida. En pocas palabras, adopta la actitud de Cristo, lo imita, en solidaridad, respeto, denuncia y anuncio. Y esto, hasta las últimas e inevitables consecuencias.

Las guerras que asolan el mundo son clara muestra de nuestra debilidad y carencia a la hora de enfrentar conflictos y resolverlos. Siria, Irak, Ucrania, Gaza... Lugares en donde la tragedia de la guerra golpea diariamente las vidas de millones de personas, en su mayoría civiles inocentes. Y en ese sentido, es bueno declarar que nada justifica la guerra. A pesar de nuestra agresividad, somos capaces de lograr cosas bellas, de construir mundos mejores. Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, somo personas movidas al bien, que buscan lo bueno, pero que comete errores. Insisto, nada justifica el enfrentamiento armado, ni siquiera los más preclaros argumentos religiosos.

Y éstos son los más preocupantes y dolorosos. El Cristianismo, el Islam, el Judaísmo, no son expresiones para la violencia, creen en un mismo Dios de paz, de amor y alegría. Malas interpretaciones teológicas, sed de venganza, conquista, han sido los justificantes de dolorosas páginas en la fe de muchos pueblos, que, en nombre de un Dios creado por ellos, han salido a matar a quienes son sus hermanos, por el hecho de ser seres humanos. Nada justifica la muerte, nada.

Me pone triste leer argumentos, que basados en la fe (¿serían realmente basados en la fe?, ¿o son un remedo de un cuerpo de doctrinas que nada tienen que ver con la expresión auténticamente creyente?), intentan dar luz verde a todo tipo de atropello. Son los que celebran, sentados en las butacas de sus casas y frente a la tv, cada bomba asesina de niños e inocentes. Son los que dan gracias a Dios por permitir ocupar, sin ningún tipo de costo, más "tierra santa". Ellos no entienden (o no quieren entender) la dinámica del Reino. Son más bien adictos a doctrinas sin carne, han sacado la vida del ser cristiano, musulmán, judío... Ven enemigos en todos lados, no hombres y mujeres a quienes amar y servir.

Abramos los ojos, más bien los oídos. Nadie está libre del conflicto, pero una cultura de verdadera paz nos hace bien. Y para ello, es necesario volvernos a Jesús.

Paz y Bien


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