martes, 5 de agosto de 2014

Claridad



Es sólo darse la vuelta,
tomar la mano
y compartir.

Y verás las aguas caer,
los cielos saltar
y los mares gritar.

Para ser amados
y recibir el abrazo

Un lago en calma.

Panes, peces,
Amor
vida.

lunes, 28 de julio de 2014

Paz.

Nada puede justificar la muerte, nadie puede colocar argumentos pretendidamente racionales para justificar la guerra, el hambre, y la masacre. Un cristiano está llamado a llevar hasta las últimas consecuencias el mensaje de paz que Jesús propone, un mensaje donde se propone un Reino que crece lento, pero seguro, y que hace mella de armas, flechas y lanzas, y las convierte en azadones, palas, hospitales y escuelas.

No faltará el que me acuse de pacifista empedernido. Pero es el Evangelio el que da las directrices, si lo vemos de esa manera. El Evangelio es una propuesta de paz, que no busca el vasallaje, ni la conquista; mucho menos "evangelizar" invadiendo, poniendo paradigmas. Evangelio es buena nueva para todos, y la buena produce la fiesta, la alegría, y la fraternidad llevada a los más altos conceptos.

No se trata de una paz idiota, es verdadera paz, en donde también se verifican conflictos duros, tremendos, que pueden llevar al quiebre. Somos humanos, no lo olvidemos. Pero Jesús nos propone una forma nueva de tratar estos haberes conflictivos, mediante su propia persona: hombre que dialoga y enseña, "con autoridad", pero con autoridad de amor, que no impone, sino que propone. Actitud de justicia, que no antepone la violencia, sino el amor creativo y rebelde.

El cristiano es hombre para la paz, lucha por ella, con las "armas" de la denuncia, del anuncio y el consuelo, con la acción como dimensión teológica. Se aboca en defender y promover a conversión en quienes hacen del odio y la muerte una forma de vida. En pocas palabras, adopta la actitud de Cristo, lo imita, en solidaridad, respeto, denuncia y anuncio. Y esto, hasta las últimas e inevitables consecuencias.

Las guerras que asolan el mundo son clara muestra de nuestra debilidad y carencia a la hora de enfrentar conflictos y resolverlos. Siria, Irak, Ucrania, Gaza... Lugares en donde la tragedia de la guerra golpea diariamente las vidas de millones de personas, en su mayoría civiles inocentes. Y en ese sentido, es bueno declarar que nada justifica la guerra. A pesar de nuestra agresividad, somos capaces de lograr cosas bellas, de construir mundos mejores. Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, somo personas movidas al bien, que buscan lo bueno, pero que comete errores. Insisto, nada justifica el enfrentamiento armado, ni siquiera los más preclaros argumentos religiosos.

Y éstos son los más preocupantes y dolorosos. El Cristianismo, el Islam, el Judaísmo, no son expresiones para la violencia, creen en un mismo Dios de paz, de amor y alegría. Malas interpretaciones teológicas, sed de venganza, conquista, han sido los justificantes de dolorosas páginas en la fe de muchos pueblos, que, en nombre de un Dios creado por ellos, han salido a matar a quienes son sus hermanos, por el hecho de ser seres humanos. Nada justifica la muerte, nada.

Me pone triste leer argumentos, que basados en la fe (¿serían realmente basados en la fe?, ¿o son un remedo de un cuerpo de doctrinas que nada tienen que ver con la expresión auténticamente creyente?), intentan dar luz verde a todo tipo de atropello. Son los que celebran, sentados en las butacas de sus casas y frente a la tv, cada bomba asesina de niños e inocentes. Son los que dan gracias a Dios por permitir ocupar, sin ningún tipo de costo, más "tierra santa". Ellos no entienden (o no quieren entender) la dinámica del Reino. Son más bien adictos a doctrinas sin carne, han sacado la vida del ser cristiano, musulmán, judío... Ven enemigos en todos lados, no hombres y mujeres a quienes amar y servir.

Abramos los ojos, más bien los oídos. Nadie está libre del conflicto, pero una cultura de verdadera paz nos hace bien. Y para ello, es necesario volvernos a Jesús.

Paz y Bien


miércoles, 16 de julio de 2014

Un poco de decencia

Solo quiero pedir
un poco de decencia.

Un poco más de cantos,
de manos cruzadas,
y menos de
cruzadas redondas
y torcidas.

Que las arenas sean
las mismas
para moros y cristianos
y judíos.

Que venga el mensajero de la
Paz,
el que trae las buenas noticias,
el que hace de las lanzas,
bombas y misiles
podaderas
arados
voces de niños que cantan
nubes del mar
una nube.

Virgen del Har Karmel.

Maranatah,
ven Señor de la Vida,
renueva la faz de
la/tu/nuestra tierra.

viernes, 18 de abril de 2014

Via communis, Via crucis.

Avanzaba por las calles, en la soledad de un fin de semana largo, que para muchos fueron meras vacaciones, un calmante en medio del denodado culto al dios del dinero, del trabajo esclavizante, del hedonismo...

Gente que. sin malicia, caminaba, jugaba, miraba el ambiente, peloteaba, sin malicia.

Otros competían en desenfrenadas carreras, tonificaban los músculos y daban rienda a los más elevados pensamientos en torno a las planicies de un pensar más bien huero. Muchas personas en ello, muchas gentes, en todo.

Nadie se percata del detalle, nadie toma en cuenta lo que ocurría, a pocos metros, kilómetros, jornadas de viaje.

Y en esto me detengo, compungido, algo desolado (¿así pensaban los chicos que iban a Emaús?), y pienso en que, quizá a unos metros de mí, Jesús, el liberador, el salvador, el que comía, caminaba, bebía, el que curaba enfermos, levantaba muertos, el que trajo la liberación a los pobres, el que hizo trizas las cadenas del pecado, el dolor, la injusticia... Ése, estaba clavado en una cruz, castigo oprobioso para los rebeldes al imperio, pedido por el poder político-religioso de Jerusalén, Ahí moría, entregaba el espíritu, vencía a la muerte, ahí estaba por su vida consecuente, por ser Emmanuel. Ése estaba muerto.

Y la gente, pasa que pasa, quizá la mitad de la ciudad ni idea tenía de lo que acontecía. Los burros, las carretas, los autos, los bólidos construidos a partir de Ladas, los caballos, los romanos, los niños, los pololos, el viejo curado. Todos pasaban, todos caminaban.

Pero están los testigos, los que vieron al Rabbí morir y no claudicaron en acompañarlo en las horas de la oscuridad (María, mujeres, Juan), los que huyeron despavoridos ante el peligro, los que fueron sembrados por la semilla de una palabra de salvación, de conversión plena, los que sintieron miedo, al punto de ser Pedro negando con los gallos de la madrugada, los que fueron acogidos por Él, a pesar de ser lo último de lo último, los parias. Esos sí vieron, sí irán en sus vidas, hechos y palabras, relatando a aquéllos que pasaron pacíficos por ese día, a aquéllos que ya no quieren escuchar (culpa nuestra, sin duda), a las gentes que se movían como si nada, que algo diferente, insólito, sucedió esa jornada. Un día más.

Pero que no fue un día cualquiera. Menos el que le siguió.

Paz y Bien.-

Hora

Tener un poco de agallas
me hace temblar.
Obvio.

Soy hombre,
no pez.

Sácame del castillo oscuro y
Tórrido de un mañana simple
y muerto.

Las luces
me refieren reflejos
y dolorosos despertares.

El cáliz de la hora.

Y tú,
en la hora,
hierro es semilla
de muertes e
in-auditos.

jueves, 27 de febrero de 2014

El Terremoto.

27 de Febrero de 2010, un día inolvidable, guardado en la conciencia de esta generación... fue el momento del terremoto, nuestro terremoto, nuestra vivencia, nuestros dolores, nuestros actos de ira, pena, y alegre solidaridad. Un remezón multidimensional, que no sólo movió tierra, casas y al mar: fue un movimiento de los espíritus, de nuestra interioridad, un espacio de búsqueda espiritual fundamental.

Recuerdo con sentido homenaje a una de las víctimas más cercanas a nuestro entorno: Alonso... Dios acoge a este pequeño, cuyo talento para la pelota nos deleitaba a quienes compartimos las lides futboleras en aquel tiempo. Con él, mi homenaje a todas las víctimas de este terremoto, todas, sin duda alguna, bajo el alero de Dios.

Recuerdo con dolor el resultado de una sociedad a la que se le educó (educa) en la posesión enfermiza de bienes suntuosos, un modelo anti-evangélico de acumulación, de trabajoliquismo, en pos de "las cosas". Miles intentaron obtener los anhelos que la propaganda social inculcaba en las mentes. Junto a las cosas básicas, sacadas en el ánimo de la desesperación, aparecían televisores, celulares, ropas caras... Artículos que la sociedad de consumo transformó en desquiciantes elementos de primera (quizá única) necesidad.

Recuerdo la solidaridad de los pobladores, su reconocimiento como tales, la organización precaria, pero necesaria, en tiempos de indefensión. Ahora pienso: eso es signo de nuestros tiempo que derrota la parsimoniosa mentalidad individualista, egoísta.

Recuerdo que los jóvenes, entre los que estaban los de la Iglesia, se esforzaban y donaban su tiempo para la noble causa de la solidaridad, trabajando sin no poca dificultad por repartir ayuda, consuelo, alegría. Se entregaban si más, sin esperar nada a cambio, más que la satisfacción de llamamiento a salir en pos de los miles de Cristos sufrientes, abandonados.

Recuerdo a un gobierno mal asesorado, con nefastas influencias que determinaron muertes y desapariciones de ciudadanos, de familias enteras. Hasta el día de hoy, nadie se hace responsable.

Recuerdo a los chiquillos, a los amigos incondicionales, a quienes apoyamos en la dificultad...

Recuerdo la noche previa, cuando el Harry llegó a mi hogar, siendo las 10.30 de la noche, para acordar un ensayo musical que nunca se concretó. Fue esa noche una noche extraña, cálida, de luna brillante y cielo algo nuboso.

Recuerdo la oración en familia, en ese instante preciso del movimiento, en mi pieza, único lugar que permaneció firma de mi casa. El resto se movió 10 cm a estribor. Años después requirió reparaciones urgentes.

Recuerdo esa oración... fue la primera en años. Como también recuerdo a aquellos que, poco formados en la fe, aseguraban que el  terremoto es producto de un castigo divino. Como si Dios fuese un policía y juez implacable, olvidando al Dios-es-Amor. De eso, todos los cristianos somos responsables de crear una imagen errada de Dios, de Jesús...

Muchos recuerdos aparecen en ese día, y en los que siguieron. Esos quedarán para la conversación anecdótica, en aquellas tardes en que recordemos la vivencia del terremoto. No habrá, por ende, foto. Cada uno tiene las suyas, en su cámara, celular, en su mente y vida.

Y, nuevamente, te recuerdo y te abrazo en mi recuerdo, Alonso... Que los ángeles te acompañen, y (por qué no), te mandes una pichanga celestial, eterna...

Paz y Bien.-






lunes, 10 de febrero de 2014

El luminoso sabor de la vivencia cristiana (Mt 5, 13-16)

El epílogo de las Bienaventuranzas. La conclusión del programa de vida que todo cristiano está llamado a seguir, la Nueva Ley del Amor, que se desglosa inclemente sobre los fundamentos de la insolidaridad, del egoísmo, del pecado. Ésta es la lectura del evangelio leído el día de hoy, una palabra que requiere buen tino, ya que, al verla en detalle, es un profundo llamado, más serio de lo que se pretende a simple vista.

La sal (v 13) da sabor, los resalta, les da intensidad, color. Hace que todo alimento (bueno, casi todos) tengan un suculento sabor. La sal en Palestina era inestimable, y en el mundo antiguo en general. No en vano la palabra " salario" tiene profunda relación con la sal (con este aliño pagaban en parte a los soldados). La sal, además, tiene propiedades de conservación, permite mantener a los alimentos protegidos de la putrefacción, y así se pueden consumir, ser utilizados por más tiempo.

Acá viene dos ideas, al respecto:

- La sal da sabor a la existencia, por ende el cristiano es quien le pone sabor, sentido, a la vida humana, a sus actividades, vivencias, anhelos, dolores y esperanzas. Como es "sal de la tierra", no está hecha para guardarse en el salero, sino para saborear la existencia de-afuera, la que realmente es importante. Para que funcione, debe ser de exterior, sino pierde sabor, se desvirtúa, se pone sosa, desabrida. Es también llamado del cristiano permanecer fresco, capaz de resaltar la existencia y potenciarla en su valor positivo, resaltar los sabores, como mencioné antes.

- La sal tiene la propiedad de hacer perdurable los alimentos. Por ende, el valor del cristiano es hacer perdurable el Reino en medio de los Hombres, conservarlo, permitir que la nueva Alianza sea una "alianza de sal" (Nm 18, 19), en donde la fraternidad entre cada uno de nosotros, humanos, miembros del mundo, y de la comunidad cristiana; en donde la paz, la solidaridad y la lucha contra todo lo que sea anti-Reino sea firme, poderosa, inquebrantable. Si la sal-nosotros no cumple con esa expectativa, es simplemente fácil de desparramar, todo se hace inestable, más podrido: se puede pisar, por inservible.

La sal tiene el propósito de "hacer sabroso el mundo de los hombres en su alianza con Dios" (X. Léon-Dufour, "sal", en Vocabulario de Teología Bíblica, p 824). Con la sal, las comunidades pueden hacer sabrosa la existencia de todos los hombres, y responder ante ello con lazos fuertes e inalterables. Saborear la existencia, pero sin caer en corrupción, en palabras de J.A. Pagola (http://blogs.periodistadigital.com/buenas-noticias.php/2014/02/03/salir-a-las-periferias)

La luz ilumina, es algo evidente... Así es evidente (en realidad, y lamentablemente, no es tan así) para los discípulos de Jesús. No se puede ocultar la ciudad en la punta del cerro, ya que es absolutamente claro que se encuentra en ese sitio. ¡Tampoco se debe dejar la luz en baúl! Es significativo el signo: tenemos la luz, Jesús es la luz del mundo, que ilumina la nueva creación y nos trae liberación y un mundo mejor, pero está ahí, guardado, sin cumplir su función: alumbrar.

Alumbrar (v 14), para sacar a las tinieblas, para que el pueblo que andaba en tinieblas la vea (cf Is 9, 1s) y contemple, se pueda mirar a sí mismo y darse cuenta de su condición de hijos de Dios; para que pueda mirar al otro, a los que sufren en especial, y pueda contemplar, darse cuenta de que ese otro es también hermano. Alumbrar, para que las tinieblas retrocedan, y pueda dejarse mostrar al Hombre, ante los demás y ante sí mismo, ver haca afuera y hacia su interior. Conversión y servicio, eso propone la luz. Para actuar, hay que ver-nos.

Ser luz del mundo, para que los hombres vean... pero no para engreírnos ni mostrarnos como iluminados, como una especie de raza privilegiada. El evangelizar, el ser-Evangelio, en cada aspecto de la vida, desde los simples y cotidianos hasta los significativos, aquéllos momentos que demandan una opción plena por Jesús, la comunidad de la Iglesia y los pobres y humillados; eso no debe ser un motivo de orgullo, sino de siempre servir, amar y servir. Si los hombres no dan gloria a Dios (v 16), y la dan a las personas ¡a nosotros!, hay que preocuparse.

No hay que envanecerse, ni ser un showman-woman, ni dárselas de profeta o de gurú pseudoreformador. Los grandes y verdaderos cristianos, los que, como San Francisco, abogan por el Evangelio, por una Iglesia plena, que es de/para/con todos, trabajan siempre en la luz del servicio y la entrega, dando sabor y consistencia a nuestro mundo. Para que todos demos gloria a Dios y, a la vez, seamos y sigamos el llamado de ser eso, sal y luz. Ésta es tarea de todos.

Paz y bien.-